No al silencio

Publicado el 18 de agosto de 2026, 12:36 a. m.

«YO NO HABLO DE POLÍTICA»

Esa frase se ha convertido en uno de los refugios más cómodos del cubano para no hablar de su propia realidad.

—Yo no hablo de política.
—No me metas en eso.
—Yo bastante tengo con mis problemas.
—Tengo familia en Cuba.
—Yo voy a Cuba y no quiero buscarme líos.

Pero resulta que la política sí habla de ti.

Habla de ti cuando tu salario no alcanza para comer. Cuando pasas horas sin electricidad. Cuando no encuentras medicamentos. Cuando un jubilado tiene que escoger entre comprar comida o una pastilla. Cuando un joven se marcha porque no encuentra futuro. Cuando una madre despide a un hijo en un aeropuerto sin saber cuándo volverá a abrazarlo.

Eso también es política.

Durante décadas, al cubano se le enseñó a identificar la política únicamente con militancia, discursos, consignas y problemas. Hablar demasiado podía costarte el trabajo, los estudios, una oportunidad o simplemente convertirte en alguien señalado.

Y así nació una cultura del silencio.

Después muchos emigraron, pero el silencio viajó con ellos.

Ya fuera de Cuba no existe necesariamente el mismo riesgo, pero aparecen otras excusas: «tengo familia allá», «no quiero problemas cuando viaje», «yo mando mi ayuda y no me meto en nada».

Entonces ocurre una contradicción dolorosa: escapamos de las consecuencias de un sistema, pero nos cuesta muchísimo pronunciar su nombre y discutir públicamente sus problemas.

Porque decir «yo no hablo de política» parece neutral, pero el silencio también tiene consecuencias.

No hace falta pertenecer a ningún partido ni convertirse en activista para hablar de lo que sucede en tu país. Hablar de hambre no debería ser extremismo. Hablar de apagones no debería ser extremismo. Hablar de salarios, hospitales, emigración, presos, corrupción o desesperanza no debería convertir a nadie en enemigo.

Es hablar de la vida.

Quizás el mayor triunfo de cualquier sistema que teme a la crítica no sea conseguir que todos lo defiendan.

Es conseguir algo mucho más sencillo:

que quienes conocen la realidad decidan callarla.

Por eso, cuando alguien diga:

«Yo no hablo de política», habría que preguntarle:

¿De política no hablas…
o aprendiste durante tantos años que hablar tiene consecuencias?

Porque Cuba no necesita que todos piensen igual.

Necesita que los cubanos vuelvan a perderle el miedo a pensar, preguntar, discrepar y hablar

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